martes 3 de noviembre de 2009

II Maratón fotográfico Ciudad de Granada

Últimamente escribo menos en el blog, y el motivo es porque me estoy dedicando a la fotografía y a mi galería de Flickr.

El sábado 24 de octubre participé en el II Maratón fotográfico "Ciudad de Granada", organizado por el periódico Ideal. Se trataba de tomar en un solo día fotografías de 15 lugares de la ciudad, previamente establecidos. Por esto mismo, la jornada resultó un auténtico "maratón", porque durante todo el día no paré de tomar fotos y moverme por Granada.

El Maratón tendrá un ganador general y varios por categorías, elegidos por un jurado, además de un premio a la fotografía más votada por los usuarios en Internet.

Este es el enlace donde están mis fotos. Aquí podéis verlas, y votar por ellas si os gustan y tenéis un momento:

http://maraton-fotografico.ideal.es/pagusu.php?usuario=juanjolop

Por cierto, ¡las fotos se pueden votar todos los días!

miércoles 14 de octubre de 2009

San Francisco, entre mar y colinas

San Francisco supuso el comienzo de la segunda etapa de nuestro viaje. Allá por el 10 de agosto, llegamos a la mítica ciudad del Golden Gate para comenzar allí una ruta por California, Nevada y Arizona.

Hasta hace poco incluía en la barra lateral de este blog la lista de mis ciudades preferidas. Pues bien: San Francisco sería una de ellas. Es una ciudad fascinante, europea, americana y cosmopolita al mismo tiempo.

El cine y la literatura han aportado múltiples imágenes de San Francisco, que me venían a la mente al pasear por la ciudad. Coches de policía volando tras los criminales por las cuestas de la ciudad, la sombría silueta de Alcatraz sobre las aguas de la bahía; el puente Golden Gate desvaneciéndose entre la bruma; Scottie y Madeleine paseando por el palacio de Bellas Artes en "Vértigo" de Hitchcock, Jack Kerouac y Neal Cassidy borrachos en la noche californiana en "On the Road", etc. Todo ello, y mucho más, deslumbra en la ciudad de San Francisco.

Por un lado, es una ciudad obviamente americana, que posee un "Downtown" de rascacielos, y una palpitación y ritmo de vida de gran ciudad de América. Por otro lado, su tamaño es relativamente pequeño, por estar encajonada en la península que cierra la bahía. No tiene autopistas kilométricas ni barrios interminables como Nueva York o Los Ángeles. Su tamaño razonable, su estupenda localización entre el océano y la bahía, las impresionantes vistas desde las colinas, la convierten en una ciudad única.

Desde la ventana de nuestro hotel, cercano a la estación de Powell St, se veía la redacción del periódico San Francisco Chronicle. De día y de noche, brumas cubrían la ciudad, aportándole una atmósfera extraña y misteriosa.

Los "cable cars" son el medio de trasporte más famoso de San Francisco. Se trata de antiguos tranvías tirados por cables situados bajo el suelo. Ahora bien, el que quiera montarse en estos tranvías, que tenga paciencia y haga cola.

El barrio chino de San Francisco es el más grande de los EEUU. A lo largo de Grant Street, uno se sumerge en una ciudad distinta, muy turística y muy peculiar, donde se puede visitar -por ejemplo- templos chinos en la terraza de antiguos edificios, o una pequeña fábrica de galletas de la fortuna.





A escasa distancia de Chinatown comienza el Financial District, dominado por la espectacular silueta del rascacielos Transamerica Pyramid.



Más al norte, se encuentra uno de los barrios con más carácter y animación de San Francisco: North Beach. Se le considera el barrio italiano de San Francisco, aunque en verdad es más conocido como zona de restaurantes y clubes de jazz. Todavía está aquí presente la huella de la generación beat, de Jack Kerouac y compañía, en bares como el Vesubio, o en librerías como City Lights, fundada por el poeta Lawrence Ferlinghetti.



Cerca de North Beach se alza la colina de Telegraph Hill. La empinada subida merece la pena para visitar la Coit Tower, uno de los mejores puntos de observación de la ciudad. La bajada de la colina la hicimos por Lombard Street, una larguísima calle que baja y vuelve a subir hacia su tramo más famoso: a esta parte se la conoce como The crookedest street in the world: la calle se hace tan estrecha y empinada que solo se permite circular los coches hacia abajo y de uno en uno.




Esta ruta continúa hacia el norte hasta Fisherman's Wharf, una zona portuaria que hoy en día más bien es turística. El Pier 39, muy especialmente, casi parece un parque temático, por la cantidad de tiendas, restaurantes y atracciones que junta en tan poco espacio. Dependiendo de la época del año en que se visite, se puede ver allí leones marinos descansando sobre el muelle.



Al día siguiente nos dirigimos hacia el Golden Gate. Desde el Palacio de Bellas Artes, fuimos andando por la playa hasta el puente. Con el paso de la mañana, el Golden Gate empezó a surgir de entre las nieblas, majestuoso y encendido de rojo. A los pies del puente, un rincón junto a Fort Point me hizo recordar aquella escena de Vertigo en que Madeleine -la guapa Kim Novak- deshojaba flores y se tiraba a las frías aguas de la bahía.





Continuamos la ruta hacia otro lugar que aparece en la película de Hitchcock, el Palacio de la Legión de Honor, un museo de arte europeo bastante bueno. En esta zona hay un barrio de casas opulentas, de aire mediterráneo, que mostraban el buen vivir de la clase alta americana.

El Parque Golden Gate nos brindó la posibilidad de ver sin tapujos la inmensidad del Pacífico. Luego, paseamos por Alamo Square, un pequeño parque rodeado de casas victorianas, donde se divisa una vista antológica de la ciudad de San Francisco.



Nuestro último paseo por la ciudad fue por Castro, el famoso barrio "gay" de San Francisco, y Misión, llamado así por la recoleta Misión Dolores, el edificio más antiguo de la ciudad. Esta sería la primera de las misiones californianas que visitamos en nuestro viaje.




Acabo este relato de aquellos días en San Francisco. Pero aún nos quedaba mucho viaje por hacer, cuando un 13 de agosto salimos a bordo de un coche alquilado, con California entera por delante.

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lunes 28 de septiembre de 2009

Fin de semana en la Sierra de Cazorla

La Sierra de Cazorla es un espacio natural privilegiado que los jiennenses tenemos en nuestra provincia. No soy un gran conocedor de la sierra, ya que solo la he visitado en dos o tres ocasiones.

Quizá por este desconocimiento, quizá por lo mucho que tiene para ofrecer, la Sierra de Cazorla siempre me sorprende, y me deja con ganas de volver. Así fue el fin de semana pasado, la última vez que he visitado la sierra con amigos.



Alquilamos unos apartamentos en Arroyo Frío, una población pequeña pero bien situada como punto de partida para explorar la zona.

El sábado por la mañana hicimos la excursión de Río Borosa. Desde la piscifactoría, fuimos siguiendo el curso del río hasta la central hidroeléctrica del Salto de los Órganos, en una mañana radiante y limpia, después de la lluvia del viernes. Nunca había hecho esta excursión, que verdaderamente me sorprendió por la belleza, el verdor y la abundancia de agua del río.






El paraje más destacado de la ruta fue la Cerrada de Elías, cuando el río se encajona entre paredes erosionadas creando un agradable túnel de frescura.





La tarde del sábado la dedicamos a ver el partido del Europeo de la Selección Española de Baloncesto. Después vino la barbacoa y la fiesta, que también para esto habíamos ido a la Sierra.

El domingo dejamos los apartamentos, tras desayunar unos buenos churros de pueblo. Avanzamos por la carretera que va al pantano del Tranco, para hacer una parada en el Parque Cinegético del Almendral. Como es la época de la "berrea", no fue difícil ver algún ciervo en celo.





Seguimos la margen del pantano -bastante vacío, por cierto- buscando un lugar donde pedir una buena carne de monte o unas truchas con jamón. Paramos en un restaurante junto a la presa del embalse, que ciertamente no cumplió con la expectativas de nuestros estómagos.

Por último, salimos de la sierra por la carretera que va del Tranco a Villanueva del Arzobispo. La última parada en el camino fue el bello paraje del Charco de la Pringüe, que por suerte no me pareció pringoso en absoluto, más bien un agradable vergel de agua y de sombra. El río Guadalquivir hace aquí un presa donde el agua refleja los árboles y las montañas circundantes.






Así acabó el fin de semana. En dos días, solo hubo tiempo para tres lugares de los mil y uno que ofrece la Sierra de Cazorla. Creo que aquí se justifica el lema de Jaén de "paraíso interior" por descubrir.

domingo 27 de septiembre de 2009

Un premio de fotografía

El pasado jueves 24 se ha inaugurado la exposición de fotografía del I Maratón Fotográfico de Torredonjimeno.

Allí acudí para encontrarme con amigos y compañeros de afición a la fotografía, y para recibir el premio en la categoría "Gentes y costumbres" de Torredonjimeno, por mi fotografía "Retrato de un viejo".

El certamen y la exposición hasn sido promovidos por la asociación ACUFOTO de Torredonjimeno, un grupo de jóvenes aficionados a la fotografía que están consiguiendo dinamizar la vida cultural de la localidad. Recomiendo que visitéis su blog:

Pero sobre todo recomiendo que acudáis a ver la exposición, que tiene lugar hasta el 9 de octubre en la Casa de la Cultura de Torredonjimeno. Allí podréis encontrar un retrato en imágenes, original y creativo, de esta localidad jiennense.

miércoles 16 de septiembre de 2009

La sombra del viento, de Carlos Ruiz-Zafón

La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón ha sido uno de los grandes éxitos editoriales de de la última narrativa española. Aunque se publicó hace unos años, ha sido este verano cuando lo he leído, en los ratos libres del viaje a Estados Unidos.

La trama argumental trata del joven Daniel Sempere, que en la Barcelona de la postguerra comienza a indagar sobre un escritor llamado Julián Carax, al que un hombre sin rostro se empeña en hacer olvidar, quemando todos los ejemplares de sus libros. Poco a poco, la investigación de Daniel Sempere irá desentrañando un pasado misterioso y desgraciado, que guarda una curiosa similitud con su propio presente.

El libro de Carlos Ruiz Zafón me parece un símbolo de la literatura española actual, del tipo de narrativa "apta para todos los públicos" que triunfa hoy en día. Hace un siglo, movimientos como el Modernismo, la Generación del 98 o las vanguardias marcaban tendencias reconocibles e influyentes en la literatura y el arte. En el siglo XXI, parece que el mercado es el único que marca la tendencia, por más que siga habiendo magníficas figuras individuales en el panorama de las letras.

Así pues, La sombra del viento apuesta por una literatura de fácil acceso, escrita con un estilo desigual, y por unos componentes temáticos argumentales que persiguen "enganchar" al lector, con elementos de la novela negra, de misterio y del folletín . Con todo ello consigue un resultado que puede funcionar muy bien con un amplio sector de lectores, pero que se queda lejos de ser una gran obra de la literatura.

No en vano, Carlos Ruiz Zafón se dio a conocer como escritor de literatura juvenil. Asi lo conocí yo, con la eficaz novelita de misterio adolescente El príncipe de la niebla. En cierto modo, La sombra del viento no es más que una novela juvenil pensada para un público adulto.

Como aspecto positivo del libro, destacaré la gran caracterización de la ciudad de Barcelona, con una ambientación gris y nocturna que envuelve orgánicamente la trama argumental. Me gusta también la pasión con que Ruiz Zafón habla del placer de la lectura, y de la relación íntima y sentimental entre el lector y el libro. Sin duda, de que ahí podré sacar buenas ideas y citas para, por ejemplo, motivar a mis alumnos para la lectura.

El recurso del perspectivismo comienza siendo positivo, mediante diversos personajes que cuentan parcialmente la historia de Julián Carax. Pero acaba pareciendo más bien un recurso fácil, a veces demasiado forzado argumentalmente, que no hace avanzar la historia con la fluidez y emoción deseable.

En conjunto pesan más los aspectos negativos. En el libro hay faltas de concordancia y errores de bulto, y simplificaciones que casi me parecen un menosprecio al lector. Solo comentaré un caso que clama al cielo: el personaje de Fermín Romero de Torres deja por arte de magia de ser perseguido por la policía (acusado de asesino), sin que el autor se digne a dar al lector la más mínima explicación, como si quisiera resolver el final de la novela sin más complicaciones ni embrollos. Al final llegamos a un "happy end" demasiado predecible y complaciente con el lector.

Probablemente, no volveré a leer otro libro de Ruiz-Zafón. El motivo no es tanto por considerarle de mal escritor, sino porque no creo que me ofrezca nada nuevo, ni en El juego del ángel, ni en los libros que vaya escribiendo. Otra cosa es que vea alguna adaptación al cine de sus libros, que quizá puedan encajar bien con las posibilidades expresivas del séptimo arte.

jueves 10 de septiembre de 2009

Dos ciudades de Canadá

Victoria y Vancouver. Son las dos ciudades de Canadá que hemos incluido en el viaje a Estados Unidos.

No negaréis que son dos lugares a los que difícilmente un español tiene oportunidad de ir. A Victoria llegamos en ferry desde Port Angeles, a Vancouver en tren desde Seattle. Pongo un mapa para que se vea más clara la localización de estos lugares:



En ambas ciudades me llamó la atención la mezcla cultural, la herencia india, española y británica; la influencia oriental -debida a las emigraciones de chinos desde el siglo XIX- y, como no, la omnipresente influencia del gigante estadounidense. Pero en Canadá se descubre un carácter más apacible, que se percibe en las calles, en los parques, en las playas; un estilo de vida más relajado y tranquilo.



El puerto de Victoria está rodeado de los edificios más emblemáticos de la ciudad, como el Parlamento o el Hotel Fremont. Nada más desembarcar, llama la atención el estilo británico al que antes hacía alusión, por la arquitectura de los edificios, la fisonomía de las calles, las banderas de la "Union Jack" sobre los tejados.

Las farolas de Victoria -en menor medida las de Vancouver-, lucen llamativos tiestos de flores, como lo podría hacer cualquier pueblo de la campiña inglesa.

Calles como Goverment Street, en Victoria, tienen un ambiente tranquilo y festivo a la vez. A cada paso, hay pequeñas tiendas con encanto, animadas terrazas de cafeterías, músicos y artistas callejeros.

Tanto Victoria como Vancouver albergan un Chinatown que atestigua la importancia de la cultura oriental en esta zona de Canadá. Hay callejones esconidos, tiendas de comestibles y especias, restaurantes que parecen sacados de hace un siglo, cuando oleadas de emigrantes chinos llegaron aquí en busca de un nuevo mundo. Hoy en día, no obstante, ver a gente con rasgos orientales en Canadá es algo asumido y muy frecuente.



Vancouver es una ciudad mucho más grande que Victoria, que destaca por su emplazamiento, al pie de las montañas y enfrente del mar. Me imagino que en invierno, las cumbres nevadas deben rodear la ciudad como los espectadores de un escenario inmenso.



En Vancouver hay una gran variedad de barrios, y es posible pasar en un momento de zopnas cuidadísimas e impolutas a una calle abandonada a los homeless y la marginación. Este contraste ser tenía también al comparar las calles principales con los callejones y los pasadizos secundarios, que parecían sacados de una película de gángsters.

La parte más antigua de Vancouver es Gastown, donde sugió la ciudad en el siglo XIX. Hay una calle elegante, de estilo muy europeo, con un viejo reloj de vapor que es un símbolo de la ciudad:




Granville Island es otro de los lugares más destacados de la ciudad. Es una pequeña isla, ocupada por un mercado, por tiendas y restaurantes, a la que conviene acercarse en autobús -os lo digo por propia experiencia, andando hay que recorrer hasta el final un viaducto interminable-.



Los parques que uno se encuentra en esta zona son increíbles, con un verdor y una exuberencia de vegetación impresionante. No exagero si digo que da vergüenza comparar estos parques con muchos parques españoles, donde parece que el cemento es el elemento protagonista. Pero el mejor parque de todos los que visité es el alucinante Stanley Park de Vancouver.




Stanley Park
puede muy bien ser uno de los mejores parques del mundo. No creo que muchos parques urbanos puedan ofrecer tanta riqueza de paisaje, variedad de espacios, y un emplazamiento tan privilegiado, en una península rodeada de mar, rascacielos y montañas.

Un largo camino va bordeando el parque, junto a la bahía. Ciclistas, corredores, patinadores y paseantes disfrutan de las vistas y de un aire puro que no parece propio de una gran ciudad. Por una parte, el camino discurre enfrente del puerto de Vancouver, con los rascacielos de la ciudad reflejándose en las aguas.




A mitad del camino, se encuentran unos famosos tótems indios, que son otro símbolo de la ciudad y del Pacific Northwest:




En el otro sentido, el camino avanza junto a playas de arena y ensenadas de piedras azotadas por los vientos y las olas del océano:



En el interior de Stanley Park hay también dos lagos interiores, un gigantesco bosque de cedros, un acuario, restaurantes, jardines de fantasía, y muchas más cosas.



Al atardecer de agosto, la ciudad de Vancouver se despierta, y una gran animación llena calles como Robson Street, que atraviesan el Downtown de parte a parte. Aquí se pueden encontrar restaurantes de todas las partes del mundo, aunque muy en especial asiáticos. Al que le guste la comida picante, se puede preparar aquí a echar fuego por la boca, probando unos noodles aliñados con mil y una especias.

Una última palabra para los trenes en Norteamérica. A pesar de que hemos visto en el cine al "caballo de hierro" atravesando poderosamente praderas, o escapando de hordas de indios salvajes, os puedo asegurar que hoy en día los americanos tienen olvidado al tren. De Vancouver a Seattle viajamos en la línea férrea "Cascades", que aunque hace un recorrido precioso, tardaba una enormidad en recorrer apenas 200 kilómetros. Nunca lo hubiera pensado, que España pueda sacar pecho ante Estados Unidos en tema de trenes.

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miércoles 2 de septiembre de 2009

Pacific Northwest, USA

Los estadounidenses llaman Pacific Northwest al rincón de país que linda con Canadá por el Pacífico, es decir, principalmente al Estado de Washington (que no es lo mismo que la capital, Washington, D.C.)

Hasta allí hemos viajado Irene y yo, para pasar quince días con unos viejos amigos de mi novia. Hace ya quince años, cuando solo era una estudiante de instituto, Irene pasó un año escolar con una familia norteamericana, originándose una amistad entrañable que se ha mantenido hasta la fecha.

Si en este viaje hemos podido conocer los Estados Unidos "desde dentro", casi como si fuésemos unos americanos más, ha sido gracias a nuestros amigos los Becker. Tengo que dar las gracias a Jessica, a sus padres Lawrence y Peg, a sus hermanos y sobrinos, por estos días inolvidables de amistad y compañerismo, que me han hecho sentirme como si estuviera en casa.


Además, ellos han sido los mejores guías para visitar la zona. Por un lado, hemos visitado la ciudad de Seattle; por otro, la grandeza natural de la Península Olympic.

SEATTLE

La ciudad de Seattle está rodeada de agua casi por todos lados, como si fuera una isla. Solíamos llegar al Downtown en barco-taxi, con el skyline de los rascacielos de la ciudad alzándose majestuoso frente a nosotros.


El Downtown de Seattle es sorprendentemente compacto y agradable de pasear, en un país donde las ciudades parecen pensadas paar los automóviles. Jessica y Leith nos guiaron hasta Pike Place Market, uno de los lugares emblemáticos de Seattle.


Turistas, curiosos, músicos callejeros, y demás seatellites abarrotan todo el día este mercado, sus puestos de pescado, fruta, flores, regalos y demás. En uno de los puestos más famosos del mercado, la gente se para a ver cómo se lanzan los pescados por los aires, de un pescadero a otro. Por cierto, Irene me contó que este lugar aparece mucho en la serie de TV "Anatomía de Gray", así que quizá os suene también a más de uno.




Luego tomamos un tranvía elevado que comunica el Downtown con la zona de la World's fair de 1962. Allí subimos al gigantesco Space Needle, una especie de "pirulí" que se parece a una nave espacial de película de Ciencia-Ficción de los años 50. Desde la terraza de observación, Leith nos habló de los rascacielos que se divisiban erizando la ciudad, y de otras particularidades de aquel inmenso paisaje urbano.



Si por algo me sonaba el nombre de Seattle, desde mi adolescencia, era por la música grunge y por grupos como Nirvana, Pearl Jam y Soundgarden. Pues bien: al pie del Space Needle hay un curioso museo dedicado a homenajear la historia del rock. Se llama E.M.P. "Experience Music Project", y fue creado por Paul Allen, uno de los fundadores de Microsoft. Es un museo interactivo, donde se puede tocar una guitarra eléctrica o ver autógrafos originales de Kurt Cobain. También el edificio en sí, de Frank Gehry, llama la atención, viniendo a ser como el Guggenheim de Bilbao pero con más colorido.


Por último, destacaré en Seattle un barrio llamado Pioneer Square. Es la parte más antigua de la ciudad, con edificios de finales del XIX, que conserva un aire de otro tiempo, el de los viejos buscadores de oro y los expedicionarios del Far West. Además, hay un pequeño museo sobre el tema de las fiebre del oro en Alaska -"Klondike Gold Rush"-, que parecía inspirado en las novelas de Jack London.

PORT ANGELES Y LA PENÍNSULA OLYMPIC

Pero el Pacific Northwest no se acaba en la ciudad de Seattle. Seguramente lo más destacado de la zona son sus espléndidos parajes naturales, destacando sobre todo el Olympic National Park, que pudimos descubrir los días que pasamos con los padres de Jessica en la pequeña ciudad de Port Angeles.


Seguro que algunos os suena el nombre de Port Angeles, y el de Forks (otra localidad vecina), si conocéis la saga Crespúsculo de Stephenie Meyer. Aquí se ambienta esta historia de amor adolescente y vampiros, que está haciendo furor a este y al otro lado de Atlántico.

Pero lo auténticamente extraordinario de la zona son sus parajes naturales, sus frondosos bosques de cedros atravesados por ríos caudalosos, su costa donde alternan los acantilados y las vastas playas deshabitadas, sus escarpadas montañas que alzan sus cumbres nevadas a apenas unos kilómetros de la costa.

Uno de estos lugares inolvidables es Salt Creek. En la costa del estrecho San Juan de Fuca, dimos un paseo por esta antigua base militar, hoy convertida en camping. Allí pude admirar un inolvidable paisaje de acantilados, de árboles retorcidos por el viento, de ensenadas rocosas arrasadas por las olas.


Un atardecer subimos a la estación de esquí de Hurricane Ridge. En apenas media hora pasamos del nivel del mar a un paisaje alpino de cumbres nevadas, desde el que se abría un inmenso panorama de cumbres nevadas, ¡en pleno mes de julio!

Otro paraje, al que volvimos varios días, es Lake Crescent. Imaginaos un vasto lago, totalmente rodeado por montañas y bosques que descienden a ras de agua, sin que apenas haya ninguna construcción que emborrone la pureza natural del paisaje. Un día hicimos desde el lago una ruta a pie hasta las cascadas de Merymere Falls. Otro día, pasamos un rato estupendo a bordo de la lancha motora de uno de nuestros amigos, explorando el lago desde dentro. Luego, tuvimos una espléndida cena la aire libre, al estilo de camping y caravana que gusta a los americanos.


Fort Warden es otra base militar abandonada, cercana a la localidad de Port Townsend. Los cinéfilos quizá reconozcan este lugar a cuento de la película "Oficial y caballero". Fort Warden tiene una playa de arena fina, un viejo pier de madera, unos antiguos cañones escondidos en la maleza, un viejo barracón militar lleno de pasadizos secretos.


Podría seguir hablando de muchas otras cosas, alargando quizá en exceso este relato. Creo que mis palabras y mis imágenes se bastan para dar una idea del interés que tiene el Pacific Northwest, y demuestran que los Estados Unidos no acaban en Nueva York o California.

Jessica, Laith, Peg, Larry, Jennie, Jeri, John and all the Becker's. Thank you very much for everything, for that wonderful days with you. We felt like a part of your family. Be sure we will keep in touch, and we will meet again soon. Thank you very much!


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domingo 30 de agosto de 2009

Un día en Nueva York

Así titulo este primer relato del viaje a Estados Unidos, igual que el clásico del cine "Un día en Nueva York", porque más o menos es eso lo que me dispongo a hacer, contar una ruta posible para conocer Nueva York en un día, en una sola mañana para ser más exacto.

La visita a Nueva York ha sido una breve escala en nuestro viaje a la Costa Oeste. Así que mi imagen de Nueva York ha sido fui fugaz e incompleta. De hecho, una vez que han pasado unas semanas, no diría que Nueva York es lo que más me ha impresionado de los Estados Unidos. Pero fue mi primer contacto con América, del que quiero retratar aquí algunas experiencias.

Pienso que es crucial la primer impresión que se tiene de un lugar, como de una persona. Por eso no es lo mismo llegar a una ciudad de noche que de día, por un medio o por otro. La primera imagen de Nueva York para mí fue el sábado por la mañana, cuando nos dirigíamos en taxi -muy temprano- a Manhattan desde nuestro hotel, situado en la zona del aeropuerto JFK. Los rascacielos aparecieron de pronto entre la bruma, abarcando la anchura del horizonte. Fue una imagen tan fugaz que solo pude fotografiar en mi memoria.

Minutos después, ya estábamos en Times Square, el corazón de la ciudad. Pero aquel sábado por la mañana, parecía que la ciudad todavía estaba durmiendo, con la resaca de la noche del viernes. Jamás me habría imaginado un Nueva York tan desierto y sin tráfico. Poco a poco vimos la ciudad ir despertándose, todavía perezosa, en esta plaza llena de letreros luminosos que no se apagan nunca.


Desde el principio me pareció que Nueva York es una ciudad que se visita mirando hacia arriba, embobado por la altura de unos rascacielos que te hacen sertirte pequeño. Por las calles, había basura acumulada, gente que parecía no haberse acostado, gente que ofrecía tours turísticos, humo escapándose de las alcantarillas.


Nuestro primer desayuno me hizo comprender rápidamente dos cosas: que el café americano es "aguachirri", y que las propinas son absolutamente obligatorias. Aquel camarero no se molestó siquiera en traer la vuelta de un billete de veinte dólares, entendiendo por adelantado que lo sobrante era la propina.

Nos dirigimos caminando al Rockefeller Center, en medio de una ciudad cada vez más despierta, como si también se acabara de tomar un café. Por el camino, pasamos por la catedral de San Patricio, que parecía empequeñecida por los rascacielos colindantes. Sobre un edificio de cristales, la catedral reflejaba sus torres neogóticas, como en una pintura cubista.


Ya en el Rockefeller Center, la palza con la estatua de Prometeo me hizo recordar muchas imágenes de cine, con los neoyorkinos patinando bajo un enorme árbol de Navidad.

Luego, por la Quinta Avenida, nos dirigimos hacia el Empire State Building, no sin hacer una pequeña parada a comprar algún souvenir de rigor (que no falten los imanes en el frigorífico). Este rascacielos, también nos hizo recordar imágenes cinematográficas, como aquella del King Kong encaramado a la antena, o de Cary Grant esperando en la terraza la llegada de Deborah Kerr en "Tú y yo".

Como el tiempo volaba, y con él nuestra única mañana en la ciudad, cogimos el metro y nos trasladamos a la zona de Lower Manhattan. Bajamos en una parada cercabna al World Trade Center. La "zona cero" continúa siendo un boquete apocalíptico, en el que turistas y curiosos se acercan para ver la evolución de las obras. Aquel lugar nos hizo recordar a Irene y a mí dónde estábamos, y con quién, aquel mediodía de septiembre de hace siete años.


Hicimos una pausa en un Starbucks, posiblemente la cadena más omnipresnete en Norteamérica, excepto quizá en su ciudad de origen, Seattle, donde parece estar más de moda evitar estas cafeterías a toda costa. Y es que nadie es profeta en su tierra.

Pasamos por una bulliciosa, y levantada en obras, Wall Street, centro financiero del mundo. Por Broadway continuamos a Battery Park, un pequeño espacio verde que cierra el extremo sur de la isla de Manhattan. Desde allí vimos la Estatua de la Libertad, lejana pero nítida, alzándose sobre el estuario del Hudson.


Como colofón a esta brevísima visita a Manhattan, pensamos que había que ver el skyline desde la otra orilla, así que en metro pasamos a Brooklyn. Las calles del barrio me parecieron totalmente distintas a las de Manhattan, sin duda más acogedoras, habitables y agradables para pasear, con edificios de solo tres cuatro plantas. Llegamos al mirador de Brooklyn Heights, desde el nos llevamos la última imagen del espectacular skyline del sur de Manhattan. ¡Qué pena no haber podido disfrutar de este lugar a la hora del atardecer!


Pero las horas pasaban volando y debíamos volver a nuestro hotel junto al aeropuerto. Esa misma tarde teníamos un vuelo en el que íbamos a cruzar todo el país, para llegar a Seattle, donde nos esperaba Jessica y su familia. Sin duda, Nueva York es mucha ciudad para tan pocas horas. Pero aquel solo era el principio de nuestro viaje a Estados Unidos. Tiempo habrá de volver y vivir más despacio, la ciudad de Nueva York, más allá de un solo día.


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sábado 29 de agosto de 2009

Viaje a Estados Unidos

33 días, más de 20000 kilómetros de vuelo, más de 3000 kilómetros por carretera, 11 hoteles, 6 aeropuertos, 6 estados de 2 países, más de 2100 fotografías...

Estos son algunos números del viaje a Estados Unidos, del que Irene y yo acabamos de volver. Creo que los números dan alguna idea de la magnitud de este viaje, que me parece que es una de esas experiencias importantes en mi vida.

Estados Unidos es un país tan grande que más bien me parece un continente. Por eso me resulta difícil decir qué ha sido lo mejor del viaje. Bastante poco tiene que ver, por ejemplo, las calles y rascacielos de Manhattan con los pueblecitos de la Olympic Peninsula en Washington State, o le vasto desierto del Mojave con los frondosos parques urbanos de Vancouver (aunque Vancouver esté en Canadá).

Por eso hablaré del viaje poco a poco y por partes. Iré relatando una ruta que nos ha llevado de Nueva York a Seattle y alrededores, y de San Francisco a Las Vegas, para acabar en la preciosa ciudad de Chicago.

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jueves 23 de julio de 2009

Comienza el viaje

Irene y yo comenzamos nuestro viaje a Estados Unidos. Va a ser un viaje realmente grande, más que ninguno que haya hecho hasta ahora.

Para que os hagáis una idea, os pongo en un mapa de USA lo que vamos a visitar:


Haremos escala en ciudades del Este y pasaremos la mayor parte del tiempo en la Costa Oeste. Porque el motivo del viaje, aparte de conocer los Estados Unidos, es hacer una visita a Jessica y su familia, unos amigos de Irene que viven en el estado de Washington, el que pega a Canadá por el Pacífico.

Esta es nuestra planificación del viaje:

24 julio - vuelo a Nueva York
25 julio - una mañana en NY / vuelo a Seattle
26 julio a 9 de agosto - estancia en Seattle y Port Angeles. Probable visita a Vancouver y Victoria (en Canadá)
10-12 agosto - vuelo y estancia en San Francisco
13-14 agosto - ruta en coche hasta el parque nacional Yosemite
15-16 agosto - ruta en coche por la costa de California
17-19 agosto - estancia en Los Ángeles
20 agosto - ruta hasta Las Vegas
21 agosto - Las Vegas y ¿visita en helicóptero al Gran Cañón?
22-23 agosto - vuelo y estancia en Chicago
24-25 agosto - vuelta a Madrid con escala en Dublín


No sé si podré escribir en el blog durante este mes largo que pasaré en USA. Por si acaso, me despido aquí, con la promesa de que volveré con muchas imágenes e historias del viaje.